11.5.14

El racismo olvidado

27 de abril. Se está disputando el Villarreal-Barcelona en el estadio El Madrigal y el árbitro pita córner. Justo antes de que Dani Alves se disponga a efectuarlo, un joven desde la grada arroja un plátano al campo y el jugador del FC Barcelona, en vez de indignarse y parar el juego, decide no darle mayor importancia, comerse el plátano y continuar el partido.

Bravo Dani. Se merece una eternidad de aplausos más allá de su manera de ser y de su actitud en general. El racismo es una lacra que desgraciadamente está muy presente en la sociedad actual y es más llamativa en el fútbol. ¿Por qué? Por la cantidad de personas que disfrutan de este deporte. La cantidad de dinero que genera el fútbol así como su número de seguidores, obligó en algún momento a las cadenas de televisión a colocar cientos de cámaras para captar todos los detalles y matices que se producen a lo largo de noventa minutos. Así, el despreciable acto racista de lanzar un plátano a un jugador de color, llegó a todos los rincones del mundo.

Y el mundo respondió. Desde las redes sociales hasta algunos programas de televisión, se clamó en contra del racismo y se exigió una lucha más contundente. Jugadores de fútbol, presentadoras, miembros de las instituciones y personas sin tanta notoriedad pública se indignaron porque hoy en día aún tengamos que aguantar comportamientos que tendrían que estar ya olvidados.

El joven fue sancionado con la retirada del carnet de socio del Villarreal, que ya no podrá disfrutar de los partidos de su equipo en su estadio, y el club tendrá que pagar 12.000€ como castigo después de que el Comité de Competición se pronunciara al respecto. Dani Alves, días después, mostró su descontento con la educación de la sociedad española, tildándonos de país atrasado. El jugador del Barcelona también expresó su opinión al decir que él colgaría la foto del fan para que todos pudiéramos verlo y prácticamente llevar a cabo un linchamiento público.

Todo esto amplificado y reproducido hasta la eternidad por parte de los medios de comunicación, orgullosos de sentirse el megáfono de la lucha contra el racismo.

Hasta aquí, salvo la demanda de Alves de publicar la foto del joven que fue detenido, no hay nada reprochable en la serie de actos que se desencadenaron tras el lanzamiento del plátano. Podemos sonreír al observar la contundente y rápida respuesta contra el racismo que se ha producido en nuestro país.

Pero hay otros mundos. Hay un mundo más allá de la pantalla del televisor, allí donde no se mueven tantos millones que atraigan la presencia de unas cuantas cámaras que retransmitan la realidad de ese mundo. No harían falta tantas cámaras, con que hubiera dos o tres serían suficientes para que todo el mundo viera lo que ocurre más allá del fútbol.

En este mundo, se producen cientos de redadas racistas al año que no son denunciadas por ningún medio de comunicación. También tienen lugar intentos de entrada en nuestro país que terminan con ataques con extintores a los inmigrantes e, incluso, fallecidos que por razones desconocidas no se quieren investigar. Más allá del televisor, se colocan cuchillas que impidan que lleguen personas (no tratadas como tal) de fuera, pero que lo único que hacen es provocar más dolor a aquellos que huyen del horror. Hasta se produce, en dicho mundo, el cómico caso de un camerunés detenido 160 veces por su cara. Y quizás, en este mundo, se haya llegado al extremo de la deshumanización dejando a los sin papeles fuera de la sanidad pública.

Sin embargo, todo esto no va acompañado de reportajes en televisión detallados o exhaustivas investigaciones policiales. No vemos que haya multas para aquellos dirigentes que, o bien no detienen este tipo de comportamientos, o bien los promueven y defienden. Tampoco observamos carteles por las calles con la foto de ese policía racista o ese político que decide colocar cuchillas que sabe que sólo van a producir más dolor. No hay ninguna respuesta mundial llena de ira e indignación contra estos comportamientos.

¿Por qué? Porque más allá del fútbol y de las cámaras de televisión, también está España, donde hay racismo. Igual no quieren que lo veamos o quizás no piensan que algunos actos y comportamientos que se producen con cierta frecuencia en nuestro país, puedan definirse como racistas cuando sí lo son.

Pero lo cierto es, que si viajamos más lejos de la frontera donde se encuentra el césped de los campos de fútbol, el dinero y los medios de comunicación, podemos observar ese mundo olvidado. Ese racismo olvidado.

MFV

30.4.14

Little Boy

Eizō sabía que aquello no había terminado. Sentado en el coche de camino a casa, era consciente de que tan solo había comenzado a sufrir las consecuencias de su acto. Por eso tenía miedo, porque conocía a su padre y su sentido de la disciplina y del respeto hacia las normas. Sin embargo, Eizō no se arrepentía de nada en absoluto, pues a pesar de conocer las consecuencias había llevado a cabo su plan. Y, sinceramente, lo volvería a hacer mil veces más.
Había aguantado estoicamente la reprimenda del director del colegio. Se había preparado para ello, no iba a ser el primer alumno que después de colocar un petardo en los baños de las chicas se fuera a ir tan tranquilo a su casa. Sin embargo, lo que no esperaba era que el director le fuera a expulsar del colegio durante una semana. No contaba con recibir un castigo tan severo, pero no iba a ser ni la mitad de severo que lo que le esperaba en casa. Su padre había estado presente en el despacho del director, no era la primera vez que estaba sentado junto a su hijo por alguna travesura que este había hecho. Pero sí era la primera vez que expulsaban a su hijo. Aunque fuera de manera temporal, para el padre de Eizō aquello suponía un ataque al honor del apellido familiar. Eizō era consciente de ello y por eso tenía tanto miedo sentado en el asiento trasero del coche.
Su padre no había pronunciado ninguna palabra desde que habían salido del colegio. Ni siquiera había respondido a las disculpas repetidas de Eizō, el cual se desesperaba por obtener alguna frase de su padre. Terminó desistiendo, consciente de que en cuanto llegaran a casa estallaría la tormenta. 
El padre de Eizō aparcó el coche en el garaje y, con el mutismo manifestado en los últimos veinte minutos, indicó a su hijo que entrara en casa. Eizō abrió la puerta de su casa y se dirigió a la cocina como tenía por costumbre. Se sirvió un vaso de leche y esperó sentado a su padre. Entró tras unos minutos con la cara descompuesta y los ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando. Eizō había visto llorar a su padre solo una vez, cuando se murió su madre a causa de un cáncer tras semanas de cuidados en el hospital. Así que Eizō se dio cuenta de la gravedad de lo que se le venía encima.

-Eizō... No sé qué hacer contigo -comenzó a decir su padre. Sin embargo, su tono no era de enfado o furia, sino que se notaba un sentimiento de decepción detrás de cada palabra-. Hace unos años que murió tu madre y yo me veía incapaz de criarte sin su apoyo. De veras que lo he intentado. No sabía si debía ser benévolo y consentir tus chiquilladas o ser más bien recto e inflexible para que valoraras el respeto y la obediencia. 
-Pero Sumiteru... 
-¡Cállate Eizō! -le interrumpió su padre- Antes no era un buen padre, pero al menos tenía a tu madre para enseñarme a serlo -una lágrima cayó por sus mejillas. Eizō estaba realmente asustado-. Pero sin ella, he perdido el control sobre tu vida y tu educación. Es evidente que no he sabido ser un padre para ti, te he fallado.
-No me ha fallado, Sumiteru, ha sido un gran padre desde que madre se fue -Eizō lo decía en serio, no sabía que hubiera hecho sin su padre-. No se martirice ni se sienta culpable, aquí el único responsable soy yo.
-No es verdad, hijo mío. Tu educación es mi responsabilidad y ha quedado demostrado que esta me venía grande aún viviendo tu madre. Por eso -por el tono de voz de su padre, Eizō no se esperaba nada bueno-, he decidido que voy a enviarte a un internado a las afueras de la ciudad. 

Ahí estaba, la tormenta anunciada por la calma durante el trayecto en coche. Había estallado, ahogando a Eizō en aquella pequeña cocina. Se esperaba un castigo duro, un mes sin poder salir de casa o que tirara todos sus juguetes a la basura. Pero no estaba preparado para el exilio y vivir los cincos años que le quedaban hasta la mayoría de edad aislado. Sin ver a sus amigos, sin disfrutar de las clases de historia, sin la compañía de Akiko...
¡Akiko! Se había olvidado completamente de ella. Ella era la culpable de que le fueran a mandar a mandar a las afueras de la ciudad, recluido en un internado durante los próximos años. Akiko le había prometido que si tiraba un petardo en los baños, le daría un beso. Se había aprovechado de sus sentimientos, había jugado con él a cambio de un rato de diversión. Pero ella había salido indemne, mientras que a él lo iban a encerrar junto a otros jóvenes problemáticos. Se levantó decidido a descargar su enfado sobre su amiga.
-¿A dónde te crees que vas Eizō? -pero su padre recibió por respuesta un empujón, cayendo al suelo mientras veía como su hijo salía corriendo de la casa- ¡Vuelve aquí! ¿Quién te has creído que eres?
Pero Eizō no escuchó nada de aquello. Sólo corría y corría, en dirección a casa de Akiko, cinco kilómetros al norte de la suya. Corría con una energía que provenía de la furia y del dolor por sentirse traicionado. Traicionado por su padre, que en vez de luchar e intentar cuidar a su hijo, se rendía a la primera de cambio y lo mandaba a que otros se encargaran de su educación. Y traicionado por Akiko, su primera amiga que se había convertido en su primer amor, que lo había abandonado en la estacada, dejándolo a merced de la jerarquía escolar y de su padre. Jamás se lo perdonaría.
Se sorprendió cuando llego a casa de Akiko tan rápido, tenía la sensación de que no habían pasado ni tres minutos desde el empujón a su padre. Llegó sudando y agotado, pero decidido a que su amiga fuera consciente de su sufrimiento. Se fue a la parte de atrás de la casa de Akiko, como hacia siempre, y cogió un par de guijarros del suelo. Se escondió detrás de un Ginkgo Biloba que tenía plantado el padre de Akiko y empezó a lanzar las piedras a la ventana de su amiga, en el segundo piso. 
Aquel árbol tenía un significado especial para Eizō. Siempre que visitaba a Akiko, recordaba aquella tarde de verano en la que viendo como el sol bañaba los cabellos rubios de su amiga, se dio cuenta de que estaba enamorado. Hacia meses de aquella tarde, meses en los que se había atormentado por padecer un sentimiento no correspondido. Eizō era demasiado tímido para confesar su amor por Akiko, tenía miedo al rechazo y que la amistad que mantenían los dos jóvenes cayera en el olvido. No podía permitirse perder a su amiga de toda la vida porque él se hubiera vuelto loco y se hubiera enamorado.
Todos estos sentimientos volvieron a su corazón bajo la sombra del Ginkgo y Eizō se preguntó por qué estaba enfadado. En ese momento, unos dedos rozaron la palma de su mano y su corazón volvió a latir. Giró la cabeza y ahí estaba Akiko, la tormenta que había comenzado el último verano en su corazón. Se sentía incapaz de estar furioso con una sonrisa que le había descubierto una forma nueva de respirar.

-Eizō -la dulce voz de Akiko era la nana que adormecía su atormentado corazón-, he oído que te han expulsado del colegio una semana. Lo han dicho en mi clase pero no me lo he creído. Es tan solo un rumor, ¿verdad? -preguntó su amiga con un mar de arrepentimiento en la mirada.
-No, Akiko -Eizō hablaba con serenidad, su enfado se había esfumado-. El director ha sido muy claro. Tengo que quedarme una semana en casa o quizás más.
- ¡No puede ser! ¡Fui yo quien te propuso hacer aquella estupidez! Me siento horrible Eizō -la joven rompió a llorar en cuanto vio sus sospechas confirmadas. Eizō no pudo resistirlo y la abrazó, intentando protegerla de la culpa-. Tengo que ir a hablar con el director, igual consigo que te expulsen menos días o que me castiguen a mí.
-Déjalo Akiko, es mejor así. Cumpliré mi semana de castigo y ya está. Todo volverá a ser como antes.
-Espera, ¿por qué has dicho que quizás tienes que quedarte más días en casa?
Eizō no quería aquella pregunta y se dio cuenta tarde de su error. Pero era incapaz de mentirle a Akiko mirándole a los ojos.
-Verás... No sé cómo decirte esto... -las palabras se le atragantaban y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos- Pero mi padre ha decidido mandarme a un internado a las afueras de la ciudad. 

Eizō esperaba un grito de incredulidad por parte de Akiko o un gesto de enfado. Pero la joven se quedó parada a su lado, sosteniendo aún su mano, sin decir nada. No le miraba a los ojos, miraba al suelo, quizás buscando la solución al problema que había causado. Eizō, sin embargo, no podía dejar de mirarla y recordar de manera tan nítida el momento en el que se había enamorado. No estaba enfadado, era incapaz de estarlo y apretó la mano de Akiko para que se diera cuenta de que seguía ahí, seguía siendo su amigo y siempre lo iba a ser.
Akiko levantó la mirada y Eizō pudo ver un arrepentimiento profundo en sus ojos. Había esperado meses desde aquella tarde bajo el Ginkgo para llenarse de determinación. Aquel era el momento y, sin saber de dónde provenía aquella valentía, bajó la cabeza dispuesto a besar los labios de Akiko. Pero esta lo detuvo colocando su mano en el pecho de Eizō. "No puede ser, ¿qué más puede pasarme hoy?" pensó el joven mientras el único motivo para sonreír se desvanecía entre sus dedos.

-Lo siento Eizō -aquellas palabras destrozaron lo poco que quedaba del corazón del enamorado-. No puedo dejar que me beses. Tiraste el petardo y yo siempre cumplo mis promesas.

Y Akiko alzó sus pies hasta alcanzar con sus labios los labios de su amigo. Se besaron como llevaban tiempo deseando, acompasando sus movimientos al latir de sus corazones. Alargaron aquel beso por cada día que habían malgastado por no decirse que se amaban. Querían convertir los segundos en eternidad y que aquel momento no terminara nunca, pues sabían que la fugacidad de la vida jugaba en su contra. Se abrazaban con miedo a desaparecer, y los brazos de la joven pareja desaparecían entre los cabellos del otro. Akiko paró y miró a los ojos de Eizō, traspasando las barreras y llegando a lo más profundo de su alma.

-Prométeme que no me vas a dejar nunca. No puedes irte, te necesito.
-Akiko -las lágrimas corrían por las mejillas de Eizō. Nunca se había sentido tan feliz-, hablaré con mi padre. Te juro que no te dejaré ir nunca.

Y volvieron a besarse, un beso que se tornó eterno. En ese momento, Little Boy fue liberada por el bombardero Enola Gay americano, impactando a cien metros del Ginkgo de casa de Akiko. Setenta mil japoneses, en el mismo último segundo de sus vidas, fueron conscientes de lo que supone entrar en guerra contra Estados Unidos y las consecuencias humanas que iba a traer la Segunda Guerra Mundial.
Akiko y Eizō dejaron este mundo abrazados y haciendo realidad su último deseo. Su historia es la que nos cuenta ese Ginkgo que se convirtió en uno de los pocos supervivientes del bombardeo de Hiroshima y es el testigo de la historia de miles de japoneses inocentes que fallecieron aquel seis de agosto. 
Aquel Ginkgo sigue aún llorando en la actualidad, pues aún no entiende qué necesidad había de lanzar aquel petardo. Un petardo que lo dejó sufriendo en la soledad de la nueva Hiroshima. 




25.4.14

Reflexiones postsantjordi

Me encanta la lectura. ¿Qué puedo decir? Me fascina sumergirme en un mar de letras y ahogarme. Ahogarme en esas historias fascinantes sobre personas que vivieron en otro tiempo o que nunca vivieron, sobre mundos ya descubiertos o mundos fantásticos que nuestros ojos nunca llegarán a ver. Sentir las emociones de los personajes, llorar con ellos y reír con su felicidad, angustiarme con su miedo y volverme loco con sus amores casi imposibles.

Son otras vidas y podemos vivirlas gracias a los libros. Me siento muy identificado con una frase de un escritor que vive más allá del Muro: "Un lector vive mil vidas antes de morir. Aquel que nunca lee vive solo una." He sido Jon Nieve y Tyrion, pero también fui en algún momento de mi vida Don Quijote y Sancho, fui Segismundo y cursé en Hogwarts cuando me convertí en Harry Potter. Si en el preludio de mi muerte tuviera que escribir mis memorias, tendría que dedicar varios capítulos a esos personajes que me han marcado y me han hecho vibrar a través de las palabras.

Pero los libros no solo sirven para conectar con unos personajes y sus historias. Los libros conectan a las personas. Dos personas totalmente desconocidas caminan por la calle y se cruzan. Una de ellas se fija en que la otra está leyendo aquel libro que lo emocionó hace un tiempo y su corazón se acelera. Es una chispa breve, dura muy poco, pero no es banal. Al final de nuestras vidas podríamos sumar los segundos que nos enamoramos gracias a las portadas de los libros y quizás, podríamos irnos unos días de luna de miel con uno de esos amores que se guardan en el olvido de nuestros recuerdos.

En la actualidad, esos segundos se esfuman de nuestra memoria. Hoy en día proliferan los libros electrónicos por las calles de nuestras ciudades. Yo mismo tengo uno. Estos aparatos han ayudado a que la lectura haya aumentado en la sociedad, pues ponen al servicio del usuario un formato de libro más asequible. Pero estos libros están huérfanos de portada.

Así que, por mucho que la tecnología avance cada día a pasos agigantados, no olvidéis nunca comprar un libro nuevo, disfrutar del olor de sus páginas aún no leídas y empezar a vivir historias grabadas en la eternidad del papel. Dejad que otros desconocidos se enamoren de vosotros.

MFV

14.4.14

Las lágrimas de Éibar

Los seres humanos seguimos sin haber descubierto una máquina para viajar en el tiempo, pero aún así seguimos haciéndolo día tras día. Esta mañana, sin ir más lejos, he viajado en el tiempo, pero habrá más viajes seguramente. En los últimos años, se había convertido en una práctica habitual entre la gente de mi generación.

Hay muchas maneras de viajar en el tiempo: soñando, viendo una fotografía o un vídeo antiguo, visionando documentales sobre épocas que uno ha vivido y diversas formas más de volver a un tiempo pasado. Yo pensaba que había probado todas las maneras posibles de viajar a un tiempo ya vivido, pero hoy he estrenado un nuevo medio de transporte: la lágrima.

La lágrima es provocada por cierto tipo de situaciones que generan una emoción dentro de nosotros y creo que es el recuerdo de esas emociones vividas lo que me ha ayudado a viajar hoy en el tiempo, concretamente a transportarme 83 años, al mes de abril del año 1931.

Recuerdo aquella madrugada como si fuera ayer, de hecho como si fuera ahora mismo. Toda la ciudad estaba nerviosa por los resultados electorales de hacía dos días, en los que habíamos ganado aquellos que nos considerábamos republicanos. Es cierto que no había sido una victoria aplastante, pero habíamos conseguido resultados favorables en varias capitales de provincia y se respiraba una sensación de cambio en el ambiente.

En los bares no se hablaba de otra cosa, los habitantes de la ciudad estaban más que contentos con los resultados pero había cierta intranquilidad también. Nadie estaba seguro de que se fuera a proclamar la segunda república en España, una duda lógica. La monarquía no era proclive a ceder su poder sin más, y menos tras unas elecciones democráticas que nunca habían sido del agrado de los monarcas a lo largo de la historia. Pero estas elecciones municipales eran diferentes. Una parte de la sociedad ya estaba harta del sistema político que regía sus vidas y había visto en estas elecciones, el momento ideal para plasmar su descontento e iniciar el cambio de ruta en la política de España.

Sin embargo, habían pasado ya 24 horas desde que se conocieron los resultados de las elecciones y nada había cambiado. Había rumores y noticias filtradas de que el rey Alfonso XIII iba a abandonar el país ante la victoria republicana en varias capitales de provincia, a pesar de haber en total más concejales monárquicos gracias al caciquismo de las áreas rurales. A medida que el día posterior a las elecciones avanzaba y llegaba a su fin, la ilusión y la esperanza de los republicanos fue desmoronándose dando paso a la resignación. Todos éramos conscientes la noche del 13 de abril de que quizás nada fuera a cambiar.

En aquellos días, yo formaba parte de una asociación de jóvenes republicanos de mi ciudad. La madrugada del día 13 al 14 nos escapamos de nuestras casas para acudir al bar donde nos solíamos reunir cada semana. El dueño del bar, Julián, era también republicano y nos cedía su local una noche a la semana, noche que aprovechábamos para debatir sobre la situación socio-política española. Aquella noche, Julián había decidido convocar una reunión de emergencia porque tenía una noticia que quería compartir con nosotros.

Recuerdo que todos llegamos con nerviosismo y expectación al bar. No sabíamos qué nos iba a contar Julián, si la noticia supondría una alegría en nuestras vidas o un jarro de agua fría sobre nuestra esperanza. Allí estábamos los dieciséis amigos de toda la vida, en la puerta del bar, esperando a Julián, que tardó un poco más en venir. Llegó sudando y rápidamente abrió el bar y nos mandó tomar asiento. Se le veía visiblemente alterado, pero creo que yo fui el único que vio un atisbo de alegría en sus ojos.

Contó la noticia sin hacernos esperar más. Su sobrino Mateo Careaga, concejal de Acción Republicana, había sido elegido hacía dos días por los habitantes de la ciudad junto a otros dieciocho concejales más. Este le había confesado a Julián que aquella madrugada, alrededor de las seis y media, se iba a proclamar la República en Éibar y que después vendrían Valencia, Barcelona y Madrid. La noticia era más que buena, pero mis compañeros no se la terminaban de creer ya que durante 24 horas las noticias que habíamos recibido habían sido más bien desmoralizantes.

Entre decepcionados y enfadados con Julián y conmigo por nuestra inocencia, nuestros amigos republicanos abandonaron el bar. Faltaban unos minutos para la hora que el sobrino de Julián había indicado como el inicio de la segunda república. Yo, movido por una seguridad que nunca supe decir de dónde vino, busqué un trozo de cartón en el bar y escribí en él "Plaza de la República". Julián miró todo el proceso con interés y en su mirada se veía un sentimiento de gratitud profundo por haber sido el único que había confiado en su palabra.

Estábamos cerca de la hora marcada cuando llegamos a la Plaza de Alfonso XIII, en el centro de Éibar, donde se encontraba el ayuntamiento. En unos pocos minutos, en teoría, se iba a proclamar la segunda república. Julián y yo nos dimos cuenta cuando llegamos que no éramos los únicos que se habían creído la noticia, pues un centenar de convecinos se había congregado frente al ayuntamiento. Aquello nos infundió más esperanza. Pero detrás de ese sentimiento tan visible en la mirada de los que allí nos encontrábamos, había mucho miedo. Miedo de que todo fuera mentira, de que la esperanza diera paso a un vacío de ilusión que pudiera no llenarse nunca.

Se respiraba esperanza y miedo a partes iguales en Éibar a las 6:30 de la madrugada. Porque la hora llegó, y con ella la salida del sobrino de Julián al estrado del ayuntamiento con la tricolor que muchos en España llevábamos en nuestros corazones. La bandera fue izada en el balcón central del ayuntamiento y Juan de los Toyos, miembro del PSOE, dio cuenta desde él al pueblo congregado, que a partir de aquella hora los españoles estábamos viviendo en República. Todos gritamos de alegría y más tarde mis compañeros y otros habitantes republicanos de Éibar se unieron a nosotros en nuestra fiesta. Yo estaba exultante y recuerdo cómo cogí el letrero de cartón que había recogido en el bar de Julián y lo colgué tapando el letrero que llevaba grabado "Plaza de Alfonso XIII" para que ahora todos supieran que estaban en la "Plaza de la República".

Recuerdo como una lágrima cayó por mi mejilla cuando vi colgado el letrero en la plaza. El sentimiento de esperanza y la expectación por cambiar el rumbo político del país y las vidas de los españoles, las ganas de modernizarnos y vivir en un país justo e igualitario, donde se eliminarían las diferencias entre clases y todos pudiéramos tener una vida digna, la vida que todo ser humano merece tener. Todo esto formaba parte de aquella primera lágrima derramada en honor a la República.

Todas esas ideas cruzaron mi mejilla aquella madrugada del 14 de abril de 1931. Hoy, esas mismas ideas desbordaban mis ojos inundando mis mejillas. Hoy, 14 de abril de 2014, me encuentro haciendo cola en Cáritas porque mi pensión no me permite llevar una vida digna. Porque con mi pensión tengo que pagar el piso donde vivo y ayudar a mi hijo, que está en paro, para que mis nietos tengan una vida mejor que la mía. 83 años después de aquella lágrima en Éibar, mi tristeza tiene el mismo sabor a esperanza y a que algún día se conseguirán los objetivos que aquella República perseguía. Pero hoy, saboreando mis lágrimas mientras espero unos alimentos que no puedo pagar, solo una pregunta recorre mi cabeza: ¿por qué?

MFV

8.3.14

Te cambio

Te cambio,
por todo
lo que me cambiaste.

Te cambio
el sabor de una lágrima
por la luz de una sonrisa,
el silencio de los besos
por el sendero de tus caricias.

Te cambio
el café del mediodía
por un amanecer en tus rodillas,
el tiempo que vivimos juntos
por unas rotas manecillas.

Te cambio
a ti por mí,
al hombre triste que era
por el desconocido
en el que me convertí.

Te cambio
la muerte por la vida,
el sueño de un espejo roto
por el dolor
de las heridas.

Te cambio
el gris de mis entrañas
por un suelo de marfil,
la anhedonia del oxígeno
por la inercia del sentir.

Te cambio
todo lo que soy ahora
por saber a dónde ir.

MFV