26.11.12

El hombre del calendario

Recuerdo con mucho cariño cuando cumplí 81 años.
Aquel día, un vecino mío me felicitó y me dijo que tenía que comprar un calendario, para no olvidar el paso del tiempo. Nunca me agradó si soy franco, pero le hice caso y fui a la tienda que me recomendó.
El dependiente era un joven cerca de la veintena, con una boina marrón, la cara triste y la ropa bastante desgastada. A pesar de su apariencia, el chico me inspiró confianza así que decidí comprar el calendario pero cuando fui a pagar, el joven me dijo que nadie debía pagar por ver su vida escaparse.
Cuando vi el calendario, me di cuenta de que era especial. Las fechas que tenía eran los momentos más importantes de mi vida: mi primer beso, mi primera novia, la muerte de mi madre, la primera vez que voté, el día de mi boda con Rosa, el nacimiento de mi nieto David…
Todos los días de aquel calendario eran únicos y pasé el mejor año de mi vida recordándolos, hasta que llegó el día en el que tuve que arrancar mi última hoja.

MFV

"H" muda

Es probable que nunca me Hayas escuchado pero debes saber que formo parte de las cosas importantes de la vida.
Soy la libertad que siente un Halcón cuando alza el vuelo, y me encargo de llenar de paraíso tu alma cuando Hueles el olor de la persona que amas. Soy la que congela el Hielo hasta que deja de sentir calor, y el corazón ardiente de una Hoguera.
Soy aquello que llena de vacío el Hueco que deja una despedida, y el sentimiento más cobarde de una Huida. También soy la que transforma en palabras el aire cuando Habla,s y la que mantiene unido el fino Huso de la vida.
Soy lo más importante del Hoy y del aHora, pues en el mañana nunca vivo.
Estoy en todas partes y aunque nunca me Hayas sentido en el amor, soy el silencio interminable que precede al primer beso.

MFV

19.11.12

"Que gente más penosa"

Buenos días queridos lectores. Hace mucho tiempo que no escribo, cierto es, pero me guardo algunas cuantas obras en mi libreta (postureo) que iré publicando a lo largo de estas semanas
Hoy escribo más una especie de diario, una anécdota que me ha ocurrido hoy pero que se podría extrapolar a la vida en general y simplemente quería que lo supierais.
He comenzado mi rotatorio, es decir, he dado mis primeros pasos en el hospital, en el servicio de medicina interna. Un estudiante de medicina se pasa más de la mitad de su vida universitaria entre libros, apuntes, atlas, café y demás drogas, ansiando con que llegue le momento en el que su verdadero sueño (que no es vivir en la biblioteca) se haga realidad. Y ese sueño no es otro que ser médico, ver pacientes, conocer sus historias y sus enfermedades y procurar hacer su vida más fácil de llevar, ya sea curándoles con un par de pastillas o haciendo que se vayan con una sonrisa del hospital, un sitio un tanto inhóspito para lo que debería significar la estancia allí.
Pues allí estaba yo, con un poco de cara de idiota ante los nervios de mi nueva aventura hospitalaria, con la bata impoluta (vale, en realidad no la había lavado) y con un fonendo que más tarde se volvería en mi contra, pero que ya le he cogido cariño pues los objetos también necesitan sentirse útiles. Entré en el hospital entre excitado, emocionado y asombrado por la vida que tendré en unos cuantos años, pero que cada día que pasa, más me acerco a ella. Me vi rodeado de celadores, enfermeras, pacientes, familiares, máquinas de café, técnicos y médicos.
Médicos señores, una palabra que me da la impresión de que la gente tiene demasiado dignificada, siento que en cuanto dices que estudias para ser médico, la gente te mira con un cierto respeto irracional. Y, sinceramente, me parece un gran error que se tenga en tan alta estima a esa palabra. Y me explico.
Estaba yo, inocente de mí, deambulando por las habitaciones del hospital junto a tres compañeras, una residente y dos médicos, viendo pacientes y más pacientes y más pacientes. Uno tras otro, historia clínica por allí, análisis por allá, auscultemos, pidamos una placa... Y más cosas sin importancia.
Hasta que hemos llegado a un paciente, EL paciente para mí hoy. La persona que estaba postrada en la cama no era nada del otro mundo, no tenía una patología digna del Dr. House ni iba a salir en los libros de historia de las enfermedades super chungas. Era una persona con demencia que había tenido una infección respiratoria, algo que es bastante frecuente hoy en día. Y mientras estábamos revisando la historia clínica del paciente, la médico ha comenzado a hablar con nosotros, unos alumnos de tercero de medicina (quiero que mantengáis en la cabeza que era una profesional hablando con alumnos que están aprendiendo):
 - Madre mía, que cantidad de demencias estamos viendo últimamente. Lo normal es tener 5 o así, pero ahora mismo tenemos como 15. Mírale, si es que no se entera de nada de lo que le digo. Que gente más penosa.
"Que gente más penosa"... Y eso, señores, lo ha dicho una médico, actualmente trabajando. A esto me refiero cuando digo que no se debería tener tanto respeto a los médicos, pues esta persona no hace otra cosa que destrozar la imagen de un trabajador que se dedica a salvar vidas y que hace que la gente pueda llegar a casa sana y pasar un buen rato con sus hijos. El valor de una profesión se gana con la dedicación y la pasión que uno quiere dedicarle.
Y tú como estudiante, que estás deseando que tus pacientes se vayan con la sensación de que han tenido la mejor suerte del mundo con su médico, ves como no todos se convierten en lo que un médico debería ser, y tras años de profesión, se convierten en personas con automatismos, poca empatía y demasiada indiferencia con sus pacientes.
Espero nunca llegar a ese punto y creo que no lo haré, pues soy de los que piensan que si el médico consigue hacer que su paciente sonría aún estando enfermo, ya tiene medio camino recorrido para llegar a la curación del paciente. Y eso se consigue siendo buen médico y mejor persona.

2.11.12